viernes, 16 de octubre de 2009

Cuando Huir ya no Ayuda

Cuando Rabí Berish se enteró de que su hijo Najum se había descarrilado, andaba por mal camino y se conducía como un machote de la calle, no trató – como otros padres ante un caso similar – de influenciar en él por las buenas o por las malas para que mejore. Simplemente lo llamó a su cuarto y le dijo:

“Najum, estoy enterado de tus malas acciones. No estoy obligado a mantener en mi casa a un atorrante como tú. Por lo tanto toma tus paquetes y vete. No vuelvas a cruzar el umbral de mi puerta a menos que obtengas autorización para ello. Junto a tu cama encontrarás una valija dispuesta para ti, empaca tus cosas y vete, pero que sea ya mismo”.

Najum conocía a su padre muy bien. Sabía que nunca actuaba influenciado por los nervios del momento. Todo lo que hacía lo pensaba y calculaba bien hasta que se decidía. No cabía esperanza de que cambiara de decisión. Por lo tanto, sin discusiones ni quejas, hizo lo que Rabino Berish le ordenaba. Eligió sus cosas, las metió a la valija y se fue. ¿Dónde? Ni él mismo tenía idea, pues nunca se había imaginado ante una situación así. Se encaminó donde sus pies lo llevaron. Pero al salir de la casa paterna, la casualidad lo hizo cruzarse con Berl – Meir, medio allegado a la familia y bien conocido por ésta, el cuál le preguntó:

“¿Adónde vas?”

En su desesperación Najum le contó la verdad.

“Ven a mi casa” – Le contestó Berl – Meir. Y el joven encontró en su casa la prolongación del hogar paterno del cuál había sido expulsado.

El riguroso paso dado por Rabí Berish respecto a su hijo Najum provocó agudas críticas entre conocidos y familiares.

“Un padre no puede hacer una cosa así, no se hecha un hijo de la casa dejándolo librado a su suerte. Si ocurre una cosa así, D-s libre, hay que demostrar tolerancia y hacer hasta lo imposible para encaminarlo por el buen camino”.

Incluso algunos aprovechan las palabras de Rabí Berish: “No estoy obligado a mantener en mi casa un atorrante”, para acusarlo de echarlo ex profeso queriendo, de esta forma, aliviar un poco los gastos de la casa.

Rabí. Berish sabía que la familia pensaba mal de él pero callaba y no trataba de justificarse. Sólo cuando se le acercó su cuñado. Rabí Shelomó, para hablarle con gran severidad, Berish aclaró sus actos.

“Yo no lo podía seguir teniendo en mi casa, ni siquiera un día, debido a dos causas: Primero, que él mismo, eso no era nada bueno. Tu conoces a mis otros hijos, a Jaim y a Meir, son bravísimos. Ellos lo volvían loco y el resultado era que empeoraba aún más. Por otro lado yo tenía miedo de su mala influencia sobre los menores, Iosl y Zelig. Yo veía que con estos se llevaba muy bien, y conociendo sus caracteres me preocupaba la influencia que podía tener sobre ellos. Por eso vi que, por el bien de todos, lo mejor era que se fuera de casa”

“Tú te preguntarás: ¿Cómo se deja un chico librado a su suerte? La respuesta es que ni siquiera existe pregunta. Yo no lo dejé librado a su suerte. Le prestó más atención que cuando estaba en mi casa. Sin duda tu crees que fue casualidad que se cruzase con Berl – Meir y que aquél, por lástima, lo llevó a su casa. La cosa no es así. Ese encuentro yo lo había preparado por anticipado”.

“Berl – Meir se pasó dos horas esperándolo en una esquina de nuestra calle. Y no solamente eso, todos los días pregunto por él y me preocupo saber con quién se relaciona y dónde va. Pongo en el camino amigos adecuados para él pero, por supuesto, un poco mejores y todo esto lo hago a escondidas, para que él no se entere. Abreviando, te diré que le presto atención, pienso en él y hago por él más que por los otros. Pero no podía seguir teniéndolo en mi casa”

Rabí Shelomó no contó a nadie las palabras de Rabí Berish pero acalló todas las críticas en su contra. Decía a todos: “No hablen, Rabí Berish sabe lo que hace”

Un año completo estuvo Najum alejado de su casa paterna. Durante todo el tiempo no habló con su padre. Solo la madre solía visitarlo de tiempo en tiempo. Oficialmente, el padre no tenía que saber de ello pero en verdad era una exigencia de Rabí Berish mismo.

“Mamá, le pregunto Najum cierta vez - ¿Podré ir al casamiento de Sara? Escuche que se casa dentro de un mes”

“Eso depende, como comprenderás de tu padre. Mi consejo es que tú mismo le preguntes cuando lo encuentres en la calle, Tengo miedo de hablar al respecto y arruinarlo todo. Tú mismo habla con él y pídele que te permita ir al casamiento. Estoy segura que va aceptar”.

Al día siguiente, Najum encontró al padre en la calle. Cuando lo vio de lejos metió la mano en le bolsillo para sacar la gorrita y cubrirse la cabeza, pero justamente no la llevaba consigo. No se atrevía a acercarse al padre con la cabeza descubierta, especialmente cuando quería obtener una autorización para ir al casamiento. Trato de desviarse por una calle lateral para no cruzarse con su padre. Pero Rabí Berish lo vio y lo llamó:

“¡Najum, ven aquí!”

Najum se acercó y quiso justificarse por andar con la cabeza descubierta. Rabí Berish lo interrumpió:

“Mamá me contó que tienes ganas de ir al casamiento de Sara. Muy bien, no cabe duda que debe ir, después de todo eres un hermano y ese lazo no se puede anular... El casamiento se celebrará en cuatro semanas, el martes... a las 18, en los salones... Podrás venir, Najum, pero con una condición: Que vengas como estás ahora, quiero decir que vengas con la cabeza descubierta, sin gorrita... tal como yo te veo en este momento”.

Najum se asombró al oír la exigencia de su padre. Trató de modificarla:

“Papá – dijo – No te sentirás cómodo. Va a ser una vergüenza para ti”

“Por mi honor no te preocupes – Respondió Rabí Berish con un poco de fastidio - ¿Acaso tú crees que la gente no sabe como eres? De mi honor me preocupo yo mismo, día y noche. Si yo dije algo, sé bien cual fueron las palabras que pronunció mi boca”

“Pero para mí tampoco va a resultar agradable” – Observó Najum.

“Por eso me preocupo. No me gustan las hipocresías. Si vas por la calle con la cabeza descubierta, así deberás venir al casamiento. En cualquier caso esta es mi única exigencia, tienes tiempo para pensarlo”

En esas pocas semanas hasta el casamiento. Najum pensó mucho al respecto y prácticamente había decidido no ir. Pero cuando llegó el día de la boda, su añoranza se hizo más fuerte y acudió, pese a que sabia que grandes satisfacciones no obtendría yendo con la cabeza descubierta entre una concurrencia de judíos ortodoxos.

Enseguida que llegó recibió una “calurosa bienvenida”. Unos de los presentes se le acercó:

“Nunca me hubiese imaginado de que fueses tan atrevido. ¡Vete de aquí atorrante!”

Najum no quiso quedar en deuda con su respuesta:

“A ti no te interesa. Mi padre que D-s lo guarde, se encuentra aquí y solo él me puede echar si es su voluntad”

También otros, aunque en forma más delicada, trataron de herirlo. A uno o dos Najum les respondió pero al ver que eso era algo que no tenía fin terminó por guardar silencio. Dejaron de molestarlo pero su situación no se alivió sino que se hizo más difícil minuto a minuto.

Sentía las malévolas miradas que lo acuciaban desde todos los ángulos.

Bajó la vista para no ver a su alrededor los rostros enojados y llenos de asombro. Pero eso tampoco ayudó, Sentía las miradas como picas ardientes que le atravesaban la piel. Trató de no prestarle atención, pero sin resultado. Le pinchaba y quemaba.

“Si me quedo aquí cinco minutos más terminaré perdiendo la razón” dijo para sí. Se levantó y se fue. No mejor dicho, huyó.

Cuando llegó a su cuarto, se arrojó en su cama y empezó a pensar en los sucesos del día. La cólera contra el padre que hirvió en él cuando huyó avergonzado del casamiento, empezó a aplacarse. Comprendió que él padre no quería amargarle la existencia. La pregunta era cual había sido su intención. Lo atormentaba la duda. Sólo logró tranquilizarse cuando decidió que al día siguiente acudiría donde su padre y le preguntaría cuál había sido su intención al imponerle esa extraña exigencia que le causara tanta vergüenza y dolor ante todos.

Al día siguiente, bien temprano, llamó a la puerta del padre.

“Pregunta a papá – le dijo a Zelig, que le había abierto – si puedo entrar a preguntarle algo”. Zelig enseguida le trajo la respuesta afirmativa.

“¿Por qué te fuiste del casamiento?” – Le preguntó Rabí Berish ni bien entró.

“¿Y todavía me lo preguntas? – replicó Najum con los ojos anegados por las lágrimas - ¿Acaso me podía quedar allí? Debido a tu exigencia me vi obligado a huir”

“Me parece que no entiendo bien. ¿Acaso no vas por la calle con la cabeza descubierta?”

“Cada cosa de acuerdo al lugar. No hay peor sufrimiento que estar entre un grupo de judíos ortodoxos con la cabeza descubierta. No es lugar para ello”

“Ahora te diré – Le respondió Rabí Berish con gran seriedad – Yo quise que sientas lo mismo que sentirás de aquí a 120 años cuando llegues al más allá. La persona llega allí cargando al hombro su atado de buenas acciones. Piénsalo, Najum. Aquí tuviste la posibilidad de huir, allí eso no ocurrirá. Tendrás que sufrir, sufrir sin cesar...”

Najum oyó en silencio las palabras de su padre. Apenas logró balbucear un tímido “Buenos días” y se fue.

Por la noche cuando Rabí Berish volvió de rezar el Maariv, le esperaba una gran sorpresa. Najum estaba en la casa. Con la cabeza agachada se acercó a su padre y le dijo con voz ahogada:

“Papá: decidí hacer Teshuvá. Me arrepiento de todo y quiero volver al buen camino. Ayúdame”

Rabí Berish lo abrazó, besó y le dijo:

“Mi querido hijo: A ti te está asegurada la ayuda de nuestro padre Celestial”

Fuente: Torah en Familia

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